Diferentes puntos de vista / n°4
La cueva bajo el sombrero - Diferentes puntos de vista - Palamitonews
La cueva bajo el sombrero
  "Con sencillas y hermosas palabras Hector Vijande, por muchos conocido como heck, nos cuenta una tierna historia. Porque el niño es un filósofo de precisiones: escribe nombre y apellido, la calle y el número en donde vive, luego ciudad o pueblo, código postal, país… y (para ser exacto) “planeta Tierra”, “sistema solar”… “Universo”. Esa creación es una cebolla de varias capas, siempre cubriendo hacia afuera un interior frágil por madurar".
 
 

Bajo un puente, en la ciudad de Buenos Aires, una vez Ernesto me enseñó cómo construír una casa con cajas de cartón. El resultado no es, con precisión literal, una casa, sino tal vez un escondite ingenioso, un refugio, algo de privacidad bajo el puente.

Las cajas encastradas dejan fuera el rocío de la madrugada primaveral, el viento del invierno, y también las miradas indiscretas de un caminante ocasional, como yo...

Ernesto fué alguna vez ingeniero...

Así y todo, era un huérfano en la calle. Adulto, inteligente... con aires de dignidad y circunstancia. Pero en su mente, algo falló mucho tiempo atrás.

Y Ernesto es el sobreviviente de esa falla.

Viéndolo aprendí que la parte física de no tener un techo no es siempre lo más duro. El hogar, o su carencia, es también ideas, emociones, estados del alma.

En un principio, el hogar es toda la civilización que un niño conoce. El hogar es una de las formas primitivas de la Naturaleza, refinada por la cultura. Si no llegara a cobijar adecuadamente al niño, mas tarde su mente vagará sin rumbo, como le pasa a Ernesto.

Porque el niño es un filósofo de precisiones: escribe nombre y apellido, la calle y el número en donde vive, luego ciudad o pueblo, código postal, país… y (para ser exacto) “planeta Tierra”, “sistema solar”… “Universo”. Esa creación es una cebolla de varias capas, siempre cubriendo hacia afuera un interior frágil por madurar.

Si se llegara a perder en esa galaxia, reconstruyendo los círculos concéntricos desde lo remoto hacia su interior, siempre podrá encontrar el camino de regreso a casa.

Nosotros sabemos de la nostalgia de estar lejos del hogar. Precisamente, ese "nostos algos", quiere expresar la agonía por el retorno a ese lugar. En Ernesto, la nostalgia es la pérdida de los mapas y la brújula para el viaje de regreso. A Ernesto, el ingeniero, la cebolla se le agotaba en las pieles mas superficiales.

…nuestro primer hogar es el útero.

De ahí en mas, será la tierra que pisemos, de donde venimos o lo que reconocemos como origen: será lo primero conocido y que cree una imprimación, una marca. La sutil diferencia de clima, o el ruido de la gente, las entonaciones de lo familiar. Cada hogar es una configuración irrepetible, tiene personalidad, su propio espíritu de lugar, emana sus efluvios distintivos.

Y se nos impregna.

Los seres que migran en la naturaleza, como la golondrina o el salmón, las ballenas y los alces, lo hacen por un instinto funcional, tienen una imprimación de lugar asociada a determinada estación del año. A cambio, el hombre construye fronteras entre naciones, inventa lugares de veraneo, o sufre las miserias del exilio. Tiene medios y maneras mas elaboradas (y trágicas) de navegación, que no impiden que a veces termine perdido.

Ignora que la Tierra es el gran hogar.

Que todos somos sus refugiados: los sin hogar, los perdidos como Ernesto, los inmigrantes también. Se aferra a conceptos materiales de propiedad. Le transfiere a las cosas lo que está dentro de él.

Hace un tiempo, visité la casa que fuera mi hogar en la infancia. Paseé por fuera, con una sensación de alienación y curiosidad. A través de una ventana alcancé a ver la esquina donde armábamos para Navidad el árbol adornado con luces. El chico que vivió allí está dentro de este hombre agostado que mira desde afuera. Me sentí ofendido, guardando un resentimiento sordo dentro, dolía que mi casa no se abriera para recibirme, refrescando las historias que guardaba.

El hogar, en mi mente, era una cápsula intocable que viajó conmigo en el tiempo. La casa, ahora, pertenece a otros. Y dolía saberlo.

El amor es un hogar.

Pero el hogar también puede ser el horror, una jaula con animales dentro. Porque el hogar se gesta con la vida, así que la perversión humana entra también en él. O la violencia, por ejemplo. O la traición y el abandono.

El mito de la expulsión del Paraíso registra el primer trauma: la pareja sin hogar.

Después de esa expulsión, el hogar será lo que construyamos. Y lo construímos una y otra vez. Sin fin. En memoria de aquél Paraíso o en la esperanza de él. Pero no importa: Pasado o Futuro, el Presente nunca se contentará, la perfección es hipotética en este caso, y el hogar siempre estará incompleto.

La carne es el hogar.

Los pueblos nómades del Africa sub-sahariana decoran sus pechos y caras con tatuajes del mismo modo en que nosotros pintamos y decoramos nuestras casas. Así como nosotros personalizamos la sala, ellos lo hacen sobre la piel.

La mente es el hogar.

Salimos y volvemos a ella en alas de las lecturas, las películas, las narraciones, la música. Somos viajeros intelectuales. El espíritu, una vez alimentado, se convierte en un ciudadano con movilidad propia: el hogar se lleva dentro y viaja con su poseedor.

El hogar, así transformado, es la Libertad. Donde cuelgue mi sombrero estará mi hogar.

El hogar es esta cueva bajo mi sombrero.

 
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