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De las cientos de viviendas que brotaban engendrando nuevos barrios
en los suburbios marplatenses. De muchas escuelas nuevas y confortables
por las que pasamos los niños de entonces, y a las que luego
concurrieron mis hijos.
En
la historia de esta mujer, existe una divisoria de aguas que separan
su vida de su muerte física.
Eva Perón fue polémica hasta después de muerta.
¿Tanto les hacía temblar las nalgas a sus opositores que
hasta le cambiaron el nombre en el afán de ocultar su cadáver
lejos de La Argentina?
La tumba de María Maggi de Magistris, en Milán
guardaba en su profundidad, el cuerpo de Evita.
La figura de Eva Perón, produjo desde entonces, algo así
como un goce místico y revolucionario. Su trayectoria amplió
los límites entre la verdad y el mito. Se estableció una
frontera flexible, elástica, dúctil
Después de su muerte, su voz seguía alzándose,
desde la ilegitimidad en que nació, desde el analfabetismo, el
resentimiento y el ansia de poder que algunos le imputaron.
En síntesis, Eva es un relato que antes de extinguirse, genera
otro relato.
Quizás dejó de ser lo que dijo, para ser lo que dicen
que dijo. Quizás dejo de ser lo que hizo para ser lo que dicen
que hizo. Una mujer que al fin, se recuperó detrás de
su cuerpo muerto; un ser en constante mutación del el ángel
al demonio.
Si como afirman muchos literatos, toda narración es infiel
a la realidad, lo único que puede hacerse con la realidad, es
inventarla.
Agrego a esta afirmación que la realidad es aquella
que cada uno vive.
La Eva de antes, la Eva de ahora, la Eva de siempre, no es un
fenómeno surgido espontáneamente, ni un producto posmoderno
llevado a la ópera o al cine por la imaginación de adeptos
u opositores. |
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n°277 /
Con le pinne il fucile e gli occhiali |
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